Una tarde, de junio, en la ópera, Janàcék.

Lo cierto, es que el teatro estaba medio vacío, a lo rigores de finales de junio hay que añadir la afición de los abonados al Real por lo “clásico”. Huyendo o, simplemente, no yendo a las representaciones de óperas más modernas o vanguardistas.
Aunque, el coste es un factor de importancia a la hora de evaluar cualquier política,siendo los presupuestos de las administraciones públicas concernidas: Ministerio de Cultura, Comunidad y Ayuntamiento de Madrid los que deben afrontar el deficit que la actividad operística genera, no es menos cierto, que lo esencial y prioritario es hacer llegar esta manifestación cultural al mayor número de personas.
Es elogiable la búsqueda de mecenazgo entre las empresas y el que estas puedan disfrutar de un palco, mediante pago, para sus compromisos sociales. Debería encontrarse, empero, una fórmula para que no estuvieran vacias gran cantidad de localidades.
Quizás, y esto es una presunción, por que la representación no es La Traviata, La Flauta Mägica o Madama Buterfly. Por poner ejemplos de óperas muy del gusto del gran público.
En el caso de Janàcék, hemos visto, en años anteriores las representaciones de “La zorrita astuta” y ”Desde la casa de los muertos”, ahora Makropulos y la próxima temporada Katia Kabanová.Se hecha en falta la puesta en escena de su más ópera más acabada Jenufa.
En todo caso, es de agradecer el esfuerzo por recuperar a este músico eslovaco.
La obra está basada en un texto de Karel Càpek, escritor checo, que acuñó la expresión robot (robota en checo) en su obra RUR (Robot universales Rossum) precursor del género de ciencia ficción.
La escenografía ocurrente y en línea postmoderna, sobre todo la entrega del elixir cayendo dentro de una piscina.
