La revolución azafrán
Parece que las cosas en Myanmar tienen aire de cambio, gracias al clero local, es decir a centenares de monjes budistas que han actuado como locomotora de este movimiento. Yendo más allá de su actitud transcendente hacia la otra vida, han decidiido hacer causa común con las personas que en un pais rico y de grandes recursos viven miseramente.
La religión es el mayor aglutinante de la sociedad birmana, en el ideario budista se recoge la necesidad de un gobierno justo y la erradicación de la pobreza, quizás estas ideas han sido la base de la protesta, auspiciada por una subida abusiva de productos básicos, entre ellos la gasolina.
Birmania es un pais rico y bello, son el primer productor mundial de teka, sus selvas son una gran reserva de maderas nobles y abundan las piedras preciosas junto con petroleo, estaño, zinc y tungsteno. Estas materias primas se expolian a través de un mercado negro intervenido por la cúpula del ejército que lo controla para su beneficio.
Los birmanos han conservado sus creencias, ritos y tradiciones con gran pureza. Son buenos y generosos hasta donde no nos hacemos idea en Occidente. Alejados del desarrollo y con gran precariedad económica sobreviven a un regimen aislado y represivo. Los gobernantes actuales utilizan la retórica, contra el imperialismo y el colonialismo, como la gran idea con la que tratan de derivar la atención hacia otro lado.
Es seguro que China podría humanizar la vida en este pais, pero parece que le interesa más guardar, a través de unos sátrapas, la parte trasera de su hacienda.
Ojalá, que la principal persona con legitimidad democrática, la Premio Nóbel Aung San Suu Kyi, echada del poder por estos militares, tenga la posibilidad de aglutinar a la sociedad y constituir un gobierno que genere optimismo, prosperidad y democracia en esta sociedad.
La Comunidad Internacional tiene una deuda con este desconocido pais que es un poco más grande que España y en el que viven 48 millones de personas.
